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La Coctelera
Con frecuencia, frente a los culebrones de televisión,
nos reímos de las infinitas penurias de sus personajes y criticamos
la exageración del guionista que tanto los hace sufrir.
Fabián de Anchorena es una muestra de cómo la realidad supera a la ficción
y, de cómo la sociedad, venciendo arraigados prejuicios,
puede tomar posiciones de vanguardia frente a la incomprensión familiar.


Corría 1870. Aunque a sus veinte años, Fabián de Anchorena gozaba de todos los honores imaginables, gracias a su simpatía y a la inmensidad de su fortuna, uno podría imaginar que jamás había sido feliz.
Huérfano de padres desde los dos años, su infancia transcurrió junto a su abuela materna, doña Estanislada Arana y Andonaegui de Anchorena, cuya compañía, seguramente, no había sido un jolgorio, dado que la anciana había visto morir, no sólo a los padres de ese nieto, sino en el término de un año, a sus cinco hijas y al esposo. De manera que el único objetivo de su vida, era la atención del nieto: superficial, mimado y fascinante. Se cuenta que atildado en el vestir, Fabián vivía rodeado por una legión de amigos, compinches de trasnochadas, que eran motivo de los sermones familiares.

Asiduo concurrente al “Alcázar, descubrió entre las figurantas de la compañía lírica, a la que decidió sería la mujer de su vida: “La Gaviotti”, que no era joven, pero, en cambio, bellísima y coqueta. No fue un amor de palco a escenario y el 26 de agosto de 1870, decidieron casarse en la iglesia de La Merced.
Desde ese instante dejó de ser un tema privado entre dos enamorados para convertirse en la comidilla y un posterior debate de la prensa.
El cura, se negó a casarlos, la condición de artista de ella, la hacía sospechosa y tras comunicarles la decisión, les dio la espalda y, comenzó a retirarse. Fabián no se amilanó. A voz en cuello y dirigiéndose a Dios, manifestó que tomaba a esa mujer por su esposa, mientras ella lo repetía a su vez con respecto al hombre elegido. El cura Balán, comprendió que el matrimonio había quedado verificado, pero no dió brazo a torcer, informó al Obispo y al Tribunal de Justicia.
Ese mismo día por la fuerza pública y frente a una multitud de curiosos, fue arrancado de los brazos de su esposa y conducido al Departamento de Policía. Hicieron falta cuatro agentes para retirarlo del carruaje en el que fue llevado y, para recluirlo en la celda en la que quedó incomunicado.
El periodismo no abandonó la causa de Fabián. Se debatía desde la legalidad del matrimonio, a la causa por la que se lo mantenía en prisión, la cual en apariencia era una acusación de violencia sobre el cura de La Merced.
Grandes intereses, poderes que movían las piezas de la justicia, llevaron a que una acusación tan lábil, marchara muy lentamente. Recién en noviembre, la Cámara en lo Civil fijo fecha para la audiencia pública. Unos meses antes, el tribunal había recibido una petición con 15.090 firmas, reclamando la excarcelación del “reo”. Buenos Aires hacía suya la causa de los enamorados y, haciéndolo defendía la dignidad, la autonomía y la justicia tan ajenas a los tejemanejes de la influyente abuela.
La audiencia fue multitudinaria, no faltó un estudiante de derecho, un abogado. Había plena conciencia de que allí se enfrentaban la tradición de la aristocracia de convenir matrimonios entre los ilustres apellidos y un joven que defendía la causa del amor.
El tribunal fue presidido por Basilio Salas; integrado por Eduardo Carranza, Ángel Navarro, Enrique Martínez y Juan J. Alsina. La defensa la llevó Carlos D´Amico, que brillaba entre la intelectualidad porteña. El abogado de la contraparte, José Roque Pérez. El tribunal se expidió de manera por demás ambigua, a fines de noviembre: Fabián continuaría en prisión.
Mientras tanto su abuela no veía la forma de hacer anular “semejante matrimonio”. Encontró un medio, que a ella, no le pareció deshonesto, valerse de sus contactos en la Cancillería, para obtener de manera confidencial, información sobre La Gaviotti. Usaron al cónsul argentino en Génova. Transcurridos unos meses la reservada investigación fue puesta en conocimiento público.
La cantante procedía de una humilde familia de Alejandría. Josefina, la esposa de Fabián, era bígama. A los 16 años había contraído enlace con un carpintero. Toda la familia se había trasladado a Turín, donde el padre pasó a desempeñarse como portero del teatro Vittorio Emanuelle, mientras las hijas aprendían canto. Josefina, al poco tiempo huyó, abandonando a su esposo y a sus padres, a los que cambió por un ujier de Florencia con el que tuvo dos hijos. Finalmente había dejado, también esa nueva casa, para incorporarse a compañías teatrales, que terminaron en el casamiento con Fabián.
El cónsul argentino, había hablado con el padre de la artista, quien el contó emocionado, que había recibido una carta de su hija en la que ésta le contaba que había hecho gran fortuna y que pronto iría a buscarlo para que no tuviera que ocuparse más de menesteres tan humildes.
El diario “La nación” no terminaba de preguntarse si el Estado podía intervenir en asuntos tan privados. La cuestión es que el joven Anchorena recuperó su libertad. Vivió algún tiempo con su esposa en una residencia en San Fernando, antes de embarcarse ara Europa. Una vez que en Italia, pudo comprobar que el mal habido informe de su abuela era cierto, abandonó a la cantante y se afincó en París, dispuesto a olvidar con el consuelo de su inmensa fortuna.
Supo rodearse de la flor y nata: intelectuales, diplomáticos, mujeres hermosas, placeres. Así trabó amistad con el Príncipe Alfonso de Borbón. Decidió mudarse a Madrid, y cuando el príncipe se convirtió en rey, continuó siendo su amigo directo. Vivió en el lujo en medio de la aristocracia de sangre. Alfonso XII, agregó a su nombre republicano, el título de “Conde del Castaño” y le ofreció la gobernación de Filipinas, cargo que él declinó.
Ya divorciado y recuperado de “La Gaviotti”, se casó con la hija de los Marqueses de Peñaflor, Grandes de España.
Cuando un día, decidió venir a visitar a sus viejos amigos porteños, dejó a nuestra “provinciana sociedad”, anonadada. Aquí se quedaron murmurando con asombro, mientras él regresaba a sus yates, a sus palacios, a sus fiestas. Pero, María Luisa, su esposa, falleció. Había llegado el comienzo del fin de Fabián. Su fortuna había desaparecido, él, deprimido por la reciente pérdida, sólo atinó a volver a su país.
Pero no se dirigió a nadie para solicitar una ayuda, que los viejos amigos le habrían dado. Aceptó el cambio de su suerte, se instaló en Pirán, en un rincón de una estancia que había sido de su padre. Allí vivió retirado del mundo. El espíritu de ermitaño se le había hecho carne y, la menor posibilidad de relación con algún puestero, lo hizo huir.
En 1918, en Icano, una pequeña localidad de Santiago del Estero, la policía recogió en un rancho el cadáver de un linyera. Al registrar sus andrajos, por los papeles amarillentos que llevaba, pudieron identificarlo. Se trataba de Fabián Gómez de Anchorena, Conde del Castaño.
© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
Resumen de artículo, Publicado en setiembre de 1994
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*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.
*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.

Ellos, triste carga mercante, tienen el mérito de haber creado la primera república latinoamericana.
Modelo de vehemencia para los pueblos de hoy
que ambicionen metas semejantes.

Cuando soplaba el viento norte la ciudad entera oía los lamentos de los hombres negros que habían sido depositados con otras mercancías en las barrancas del retiro. Gemían porque sus duelos eran absolutos. Sin embargo el esclavo no se agotó en el llanto ni en el efecto narcotizante del "stramonium" que fumaba.
Lo mantuvo atentos la esperanza de recuperar su dignidad.
Los negros haitianos con sangre e ideas de la Revolución Francesa, fraguaron la primera república de nuestro continente. Otros compañeros de infortunio organizaron en el noreste brasileño el Estado de Palmares, que sostuvieron durante más de cien años resistiendo heroicamente a paulistas y holandeses; fue la rebelión de esclavos de mayor duración que conoció la historia. El cine se encargó de difundir las actitudes de los habitantes de Numancia y Massada frente a los romanos, pero los americanos ignoramos que los esclavos cubanos burlaban a sus amos suicidándose en masa.
En el Río de la Plata la resistencia no fue cruenta, se asociaron manteniendo las tradiciones africanas tanto como les fue posible... hasta que las ideas y venidas del ritmo negro - por esas extrañas bromas de la vida- parió al tango blanco.

Oleo: Pedro Fígari

Se calcula que alrededor de 2.400.000 esclavos ingresaron en la América española. Para Brasil se comprueban unos 4.000.000. ¿Por qué si en los primeros momentos de la colonización la Corona española prohibió la entrada a todo aquel que no fuera de viejo linaje cristiano, fomentó luego este tráfico? Las causas estructurales e ideológicas, sumadas, se resumen así: comprendió que se necesitaba mucha más mano de obra para las tareas de la nueva economía que la que los indios podían brindar.

Para mejor sustento de esta determinación, a las demandas de cabildos y personajes, se sumaron las apreciaciones de los religiosos jerónimos y de Fray Bartolomé de las Casas, que apoyaron la aberración de la esclavitud negra con el fin de defender la situación del indígena.

A este último sacerdote, según sus declaraciones, no le alcanzaría la vida para arrepentirse.

La Corona firmó para Buenos Aires dos "asientos" (contratos); uno, en 1708, con la Compañía Francesa de Guinea, que tuvo sus barracas en el Parque Lezama; y el otro, en 1713, con la Compañía Inglesa del Mar del Sud, cuyas barracas estaban en Retiro.

Es estos depósitos, obviamente, los hombres negros, se acumulaban junto a las demás mercancías.

En cada región de América el esclavo tuvo un desempeño y consideración diferentes. En el Río de la Plata, se lo destinó a las tareas rurales, oficios, artesanías, tareas domésticas y, el trato en general fue bueno.

Cuando la severidad del amo sobrepasaba los límites, el esclavo pedía podía pedir carta de venta y cambiaba de dueño, así como compraba su libertad. En Buenos Aires el hombre negro gozó del ocio; gracias a sus ocupaciones podía realizar trabajos particulares, entregando al amo sus ganancias, y en cuotas, conseguir su emancipación.

Pero ellos no solo fueron escoberos, panaderos, hormigueros, amas de leche y lavanderas; también desde las primeras luchas de la independencia, estuvieron en el frente. Cuando el general San Martín, preparaba su ejército, pocos eran los porteños que se enrolaban, de modo que se dispuso que cada propietario debía vender uno de cada tres esclavos para las milicias. Así, regaron con su sangre esclavizada las tierras de sus amos, luchando por la libertad ajena. Y lo hicieron con valentía... Cuatrocientos de ellos cayeron, tan solo, en Chacabuco.

De la desaparición del hombre negro en Buenos Aires es fácil percatarse. La anterior fue una de las causas. Los cuadros demográficos muestran mermas sugestivas.

Padrón de 1836 - Población negra 24%
Padrón de 1858 - Población negra 20%
Padrón de 1868 - Población negra 9%
Padrón de 1887 - Población negra 1,8%

Otras causas:
a) La actividad ganadera, donde pocos hombres se hacen cargo de cientos de animales, hizo innecesario continuar la importación.

b) Con el enrolamiento de los hombres negros se produjo un desequilibrio entre los sexos que condujo al mestizaje y posterior blanqueamiento.

c) Las epidemias de viruela y de fiebre amarilla, hicieron estragos entre ellos.

Su grito de libertad en estas tierras fue el sostenimiento de los patrones culturales africanos. Lo conseguían a través de las asociaciones mutualistas, en las que se agrupaban de acuerdo a su región de origen. Calcados de las sociedades secretas del África Occidental, los primeros grupos se constituyeron de hecho; rápidamente cobraron una estructuración compleja con estatutos, libros de contabilidad y un orden jerárquico. La finalidad primordial era la de recaudar fondos para comprar la libertad de sus hermanos de raza, asistir enfermos, comprar terrenos para edificar las sedes. Estos predios estuvieron ubicados en el barrio de Monserrat, de la Avenida Bernardo de Irigoyen al Oeste.

 

 

Oleo: Pedro Fígari

Al lugar se lo conocía como el Barrio del tambor, dado que era el instrumento preferido para sus bailes, o también Barrio del Mondongo. Respecto de esta última denominación, existe una controversia de si deriva del alimento homónimo que los negros consumían a causa de su pobreza, e iban a buscar a los cercanos mataderos; o si el apelativo "mondongo", se formó a partir de una región congolesa "Dongo" , sumado al prefijo santú "mu" , de lo que resulta "mudongo".

Estas asociaciones eran conocidas como "naciones" o "candombes", entre los más conocidos estaba el de "Grigera", que funcionó en México 1265 entre 1823 y 1901. La nación "Cabunda", en la calle Chile entre Santiago del Estero y Salta, fundada en 1823, subsistió hasta bien entrado el siglo XX. La "Benguela", funcionó en México 1272. La nación "Congo Augunga" estuvo en la calle Santiago del Estero, casi San Juan.

Estas asociaciones desaparecieron por efecto de la transculturación, las generaciones jóvenes, ya no deseaban conservar las tradiciones, sino sumarse a los patrones culturales occidentales que gozaban de prestigio "civilizado".

Murió la tradición africana y murió el hombre negro entre nosotros, a punto tal que los diarios de 1880 en adelante, hacen noticia de esos seres que desapareciendo se convertían en personajes: Cayetano Pelliza, Matías Rosas, Mariana Artigas, Benedicto... ébanos de dolor en papel prensa.

 

 

© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

Resumen de artículo Publicado en septiembre de 1993

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Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.

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A los 18 años rompió el molde de la patria potestad.
No le importó ser el molde de un Buenos Aires pacato.
Con la fuerza de su personalidad logró vivir fiel a los dictados de su corazón.



Mientras la amita, ayudada por sus negras, preparaba los zumos para el licor de mandarinas, las niñas charlaban en la sala.


Criticaban por lo alto, se susurraban al oído, se ruborizaban con risitas sonsas; es que no se hablaba de otra cosa en aquellos días de julio de 1805:
Mariquita se casaba por fin con su primo Martín Thompson.

En la monótona vida provinciana del virreinato, el caso de María de los Santos Sánchez de Velasco y Trillo, había dado que hablar durante cuatro años. Una vez resuelto, era el escándalo de los padres, que veían amenazada su hasta ahora indiscutible autoridad, los “Jesusmaría” de las obsecuentes madres y la envidia de las niñas convencionales.

Mariquita osó con el “juicio de disenso” enfrentar a la sociedad de su época; cuestionó el concepto social del amor, demostrando ser lo que siempre sería; una mujer valiente, de pensamiento independiente, que se adelantó más de una centuria a sus contemporáneas.

Bella, joven y rica heredera, hija única de un influyente matrimonio que había aguardado quince angustiosos años para ser padres.

Él también hijo único, desde la niñez quedó envuelto en la leyenda a raíz de su trágica historia personal. Muerto su padre cuando él tenía apenas diez años, su madre había tomado la decisión de recluirse en un convento de clausura. Quedó, así, huérfano de padre y madre, bajo la tutela de su padrino que lo inscribió en la “Escuela de guardiamarinas de Ferrol. Cuando en 1801 volvió de su viaje de estudios, se encontró con esa mujercita de catorce años, pequeña, pero de espíritu enérgico que reconoció en ese “Lord Byron criollo” al príncipe de sus sueños.


Don Cecilio Sánchez de Velasco y doña Magdalena Trillo se opusieron terminantemente a esos amores, “caprichos juveniles” decía el padre, que ya había elegido el futuro para su hija. Muy encandilado estaría don Cecilio con los blasones de don Diego de Arco, familiar de los marqueses del Arco Hermoso, para entregarle su hija, cuando su fama de jugador y mujeriego era tal, que su propio padre lo había desterrado a Buenos Aires.

Mariquita, que con razones se oponía, no era atendida en sus reclamos. Su resolución fue asombrosa, el mismo día de la fiesta de su compromiso oficial, reclamó al virrey Sobremonte un representante ante el cual declaró que se la casaba a la fuerza. La ceremonia se suspendió por orden del virrey.

Todo Buenos Aires sabía de las penurias amorosas de estos jóvenes que no cejaban en su empeño y, seguían frecuentándose. Las influencias se movieron: Martín fue enviado a Montevideo y ella pasó largos días en la casa de Ejercicios Espirituales.

En 1804 la pareja inicia el juicio de disenso. Para ese entonces su padre había muerto, pero su madre seguía intransigente. Mediante ese juicio se pretendía apelar a la máxima autoridad, para concretar la unión, prescindiendo de la autorización materna.

El proceso fue tan ruidoso que llegó a España, inspirando a Moratín para escribir “El sí de las niñas”.


Doña Magdalena Trillo argumentaba que no quería ese yerno, porque a causa de su formación militar carecía de conocimientos para administrar sus comercios.

El tribunal falló a favor de los novios, quienes se casaron a fines de julio de 1805. Con el tiempo se comprobó que la madre de la novia no se equivocaba, la fortuna de su hija mermó considerablemente.

Los años fueron transcurriendo placidamente, el halo de romanticismo de su valeroso amor, los tornó a la vida pública, en la que luego de los sucesos de Mayo de 1810, los unió aún más el compartir los ideales revolucionarios.


El 16 de enero de 1816 sería el último día que compartirían. Martín partía en misión secreta a los estados unidos, para conseguir el apoyo del presidente Madison, los contratiempos que vivió en su destino lo precipitaron a la locura. En 1819, regresando a Buenos Aires, murió en altamar.
La viuda de 30 años, en 1820, se casó con Washington de Mendeville, un noble francés que sería cónsul de su país en el Río de la Plata. Su vida con él fue desdichada, hasta que su esposo en 1835 partió hacia Ecuador, para cumplir función diplomática.

Mendeville y Mariquita no volvieron a verse, aunque mantuvieron correspondencia hasta 1863, año en que él murió.

Ella le escribió a Juan Bautista Alberdi, al abrirse la sucesión: “He hecho con mi marido acciones más que heroicas. Dos veces ha estado su consulado en el suelo; yo lo he levantado mil veces, su locura hubiéramos estado en el fango y mi prudencia y paciencia lo tapaba todo. No le he dado un disgusto, mi fortuna a manos llenas. Conocí a este hombre el más infeliz, había venido por un desafío desgraciado y confiado en tomar servicio aquí. Pero las circunstancias lo aterraron y se vio reducido a dar lecciones de música. Yo no tenía más voluntad que sus caprichos”.

Mariquita, tan visionaria, tan preclara, tuvo una vida amorosa signada por las equivocaciones y la desdicha. Aunque se quejara con amargura, seguramente vivió convencida de haber actuado bien, de haber obedecido las órdenes de su corazón, único tirano que podía tolerar.


Por algo, ya en su ancianidad, escribió a su hija Florencia: “mujer que tiene pasiones tiene mérito y, sea en la clase que sea, tiene corazón y es lo que aprecio”.


© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

Resumen  de artículo,  publicado en 1993

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Remedios de Esclada de San Martín


Remedios, la esposa del General San Martín, falleció en Parque de Los Patricios.

Los Escalada, poseían una quinta en el sur. Durante muchos años se discutió su ubicación exacta, hasta que se precipitaron los datos. Ocupaba los terrenos, y alguna extensión más, del hoy parque Florentino Ameghino, determinado por las calles Monasterio, Santa Cruz, Uspallata y Caseros. Flanqueado por el Hospital Muñiz y la vieja cárcel de Caseros.

Al comienzo de su enfermedad, se la había llevado a la quinta de  para que recuperara su salud. A fines de julio de 1823, cuando la mujer de 26 años, agonizaba, se la pensó regresar a la casa familiar en las actuales Perón y San Martín, esquina S.O. Pero, se comprendió el sinsentido de someterla a semejante viaje, en pleno invierno y con el pésimo estado de los caminos. Sí, se la trasladó cuando ya había fallecido, el 3 de agosto de 1823, para que sus allegados pudieran asistir al velatorio.


Hasta 1947 se conservaban restos de una tapia y una casa, dando cuenta de la existencia de la quinta.

Resumen de articulo: Revista Galaxia Porteña, año 2 nro 19, noviembre 2005

© Ana di Cesare
©Galaxia Porteña



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El 22 de junio de 1918, nuestra ciudad se cubrió de nieve.

Hacia las 15,30 horas de ese sábado, los porteños asombrados, vieron flecos de nieve volar entre la lluvia y desaparecer antes de tocar el suelo. Lo insólito del fenómeno aglomeró a los vecinos, pese al intenso frío, en los umbrales y los balcones. Para demostrar que algunas costumbres no se pierden en el transcurso del tiempo, la Cámara de Senadores malogró el 7ma sesión ordinaria, porque los señores senadores tuvieron un interesante espectáculo de la nevada desde las antesalas del Congreso.

No quedó en copitos la cosa, porque con breves interrupciones la nevada, continuó toda la tarde y toda la noche. Así Buenos Aires quedó cubierta por un espeso manto blanco (que en la ciudad de La Plata llegó a los 39 cm.)

La primera reacción de los porteños fue acercar los dedos, luego vinieron los muñecos y las guerras con bolas de nieve.

Sorpresas y nostalgias… No todo fue dicha, el espectáculo se cobró dos vidas a causa del frío y los hospitales atendieron numerosas fracturas, contusiones y heridas varias entre los que resbalaron sobre aquella histórica nevada.

Resumen de artículo, Revista Galaxia Porteña, Año 2, Nro 14, Junio 2005)



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